Cómic alpinístico. Kokuhaku: Confession, por Fukumoto

    Todo el mundo sabe que el manga es un ǵenero fundamentalmente masturbatorio, consumido fundamentalmente por aquellos japoneses que no se pueden pagar unas bragas usadas en las máquinas dispensadoras de las estaciones de metro (sospecho que con el noble objeto de evitar que esos bizarros gourmets de los flujos femeninos las adquieran por medios más expeditivos). Pero algunos saben mirar más allá de la consabida nínfula prepúber de vertiginosa minifalda -de cuadros escoceses- e inocentes coletas y… bueno, no sigamos con el tema.
         El caso es que, hablando en serio, el manga es la bande dessinée, el cómic, el tebeo, la novela gráfica; y al igual que éstos, trata todo tipo de temas. Y en el manga japonés, por encima del europeo, el alpinismo es un tema recurrente. El genio Taniguchi, al que le dedicaremos un post en su momento –Ángeles González Sinde mediante-, tiene en su haber tres obras maestras de esta temática: El rastreador, La cumbre de los dioses y La montaña mágica, siempre con una intensidad y una profundidad que van a la par con su sencillez, un poco al estilo de los protagonistas de Kurosawa en Dersu Uzala, por ejemplo.

        Pero hoy vamos a hablar de otro autor, de Nobuyuki Fukumoto, que se aleja de la relación metafísica global hombre-naturaleza como fuente de sentido antropológico, para plantear una cuestión mucho más sencilla y comprensible: ¿cuánto puede ser de hijo puta un alpinista? A la luz de lo que leo en las revistas especializadas -cuidadín, no estoy diciendo que las compre, yo no financio turismo ajeno más de lo imprescindible o inevitable-, sobre todo en sus expediciones al tercer mundo, yo diría que mucho. Joder, si todo Dios se monta su fundación y su movida, y su puta autojustificación, pero el caso es que sigue siendo una verdad como un templo que con el precio de un regulador de oxígeno, en Nepal, se puede comprar…; y no sigo, tampoco por estos derroteros marxistas.
        Y esta otra, me encanta: “les queda mucho dinero, se genera actividad, bla, bla”. Pues hay que tocarse los cojones que con la pila de millonarios con dinero público que se pasan sus vacaciones en el Himalaya, el reparto siga siendo tan desigual: la mesa para los señores, y las sobras, en el suelo, para los criados. Esta dialéctica la escenificó muy bien el incomparable Juan Oyarzábal la pasada temporada alpinística; ya sé que se me dirá que soy un marxista clásico, de los de El capital y no de los Manuscritos, y que quiero que las contradicciones capitalistas se agudicen para dar el salto a la revolución definitiva que trastocará las relaciones económicas capitalistas…; y una leche. Lo que me toca los huevos es la mala conciencia; si te sale de los cojones gastar una fortuna en país miserable, muy bien; otros lo gastan en putas, pero no montan una fundación para mandar penicilina a Rumanía.
        Volviendo a nuestro hombre (Oyarzábal no, Fukumoto), lo que aparece en su cómic es hijoputismo alpino en estado puro, aderezado con angustia y terror, psicológico y del otro. Y es que la historia podría suceder en cualquier parte, pero sucede en un refugio aislado de una cumbre exigente, bajo condiciones meteorológicas terribles y tras un galletazo que pone a uno de los alpinistas al borde de la muerte. Veámoslo poco a poco:

         ¡Y una polla no le queda nada de que arrepentirse! ¡Ni que fuera Aznar o Blair! ¿A que jode dejarlo a medias? Yo creo que mola, como mínimo, mazo. Si quieres seguir leyéndolo, tienes varias opciones: hacerlo aquí en línea, o descargártelo de cualquiera de estos dos servidores: megaupload o gigasize. En el segundo caso, lo verás mejor con un programa especializado para la lectura de cómics, tipo Comix, QTcomic, Comical o CDisplay.

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