Pósters modernistas de Chamonix

     En los inicios de este siglo, las artes decorativas alcanzaron un nivel y un prestigio desconocidos hasta el momento; la escuela Sezession, el modernismo y el Art Decó tuvieron mucho que ver. Es evidente que la historia del arte nos la suda, no ya un poco, sino mucho. Pero los montañeros no somos insensibles a la belleza. ¿A quién no se le levanta el espíritu y le hacen soñar con viajar a nuestra Meca sagrada, Chamonix, y acceder a nuestra Kaaba, el Mont Blanc, cuando contempla ilustraciones como éstas?

    Estas láminas llevan al corazón la pura idea del viaje y del peregrinar, todo el romanticismo y la pasión de una vida errante puesta al servicio de la felicidad, de la búsqueda de nuestro camino individual. Para mí, en esos días asturianos maravillosos en los que el cielo y el aire te están diciendo “¡escala! ¡”esquía!”, y en el que tu corazón late sordo cuando fichas pensando en la nómina y sabes, en el fondo de ti, que sacrificaste todo lo que vale la pena a la cobarde seguridad de la pensión y la hipoteca, en esos días digo, son, casi, la única terapia posible. Ya quisiera que mi alma fuera tan noble como la de Hölderlin, un verdadero camarada errante, castigada con la locura prematura, privándonos de aún más maravillosos frutos de su arte:

“Pretendéis que apacigüe? ¿Que domine 
este amor ardiente y gozoso, este impulso 
hacia la verdad suprema? ¿Que cante 
mi canto del cisne al borde del sepulcro 
donde os complacéis en encerrarnos vivos?
¡Perdonadme!, más no obstante el poderoso impulso que lo arrastra 
al oleaje surgente de la vida,
hierve impaciente en su angosto lecho hasta el día en que descansar.

La vida no está dedicada a la muerte, ni al letargo el dios que nos inflama.

Es inútil: esta época estéril no me retendrá.
Mi siglo es para mí un azote.
Yo aspiro a los campos verdes de la vida
y al cielo del entusiasmo.
Enterrad, oh muertos, a vuestros muertos,
celebrad la labor del hombre e insultadme.
Pero en mí madura, tal como mi corazón lo quiere, 
la bella, la vida, la Naturaleza.”

o la del vagabundo Stevenson, bautizado por los polinesios como Tusitala, “el que cuenta hermosas historias”. ¿Pudo alguien en el mundo ostentar un apelativo más glorioso?

“Dadme la vida que amo,
dejadme junto al río, 
dadme el alegre cielo sobre mi cabeza
y un sendero amigo.
Cama en el matorral cara a las estrellas,
pan para mojar en el río:
esa es la vida que un hombre como yo ama,
esa vida y para siempre.
Que lo que ha de suceder ahora o mañana
suceda.
Dadme la paz de la tierra alrededor
y un camino ante mí.
No busco riqueza, esperanza, ni amor, 
ni siquiera un amigo.
Todo lo que busco es el cielo sobre mi cabeza 
y un camino para mis pies.”

    En fin, desvaríos de hippy. Estas otras dos láminas no son menos hermosas. Su motivo, el esquí. Siempre que las veo recuerdo la decepción que sentí al visitar el trampolín de saltos de las Olimpiadas de 1924 (bajo el glaciar de Bossons, si mi memoria es fiel) y el estado de lamentable abandono en que se encuentra:

 

 ¡Hacia la montaña, sea verano o invierno!

    Esta es mi favorita. Para mí tiene un valor muy especial, pues la compré en mi viaje iniciático a Chamonix, el día en que también vi el Mont-Blanc por primera vez. La tengo colgada en mi habitación. De este modo, ningún despertar es del todo amargo, pues es lo primero que veo:
    No obstante, creo que la mejor es esta, por su sencillo e inteligente diseño, por su capacidad para sintetizar e intensificar la esencia de la actividad montañera: escalar la roca y esquiar la nieve:

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