Homenaje a Balmat y Paccard: Le Marquis d’Anaon y La bête

    El cómic francobelga se ha acercado con regularidad, si bien de forma indirecta, al mundo de la montaña y al alpinismo. En este caso, vamos a comentar una obra dibujada por el genial Matthieu Bonhomme con el guión de Fabien Vehlmann. Se trata de las aventuras de un ilustrado racionalista, el Marqués de Anaón, que en el siglo de las luces, se enfrenta, armado del pensamiento de su siglo, al sinfin de supersticiones que poblaban el mundo rural francés. Y digo de su siglo, porque en el nuestro el escepticismo y el librepensamiento parecen haber abdicado definitivamente. Desde que los seres humanos dejaron de creer en Dios, no es que no crean en nada, es que creen en cualquier cosa, por recordar aquí no sé si a Greene o a Chesterton. No hay ninguna tontería ni ningún miedo al que no demos pábulo, y el ínclito Iker Jiménez lo sabe bien.
    Los montañeros, pese al glorioso inicio de su deporte, que no es otro que el desprecio por los monstruos que poblaban los glaciares e impedirían a los seres humanos la ascensión y el conocimiento de las más altas cumbres (pues esa es parte de la historia de la conquista del Mont Blanc) no se escapan al espíritu de su tiempo. El espíritu sopla donde quiere, como decía Hegel, pero no en sus cabezas. Pese a los beneficios de la ciencia y la tecnología que les permiten disfrutar a la vez de mayor seguridad y prestaciones en sus sofisticadísimos materiales, son variadamente afines a la homeopatía (¡ah, el desprecio al número de Avogadro, el mismo que permite a la química sintética fabricar las maravillosas poliamidas!), al vegetarianismo (mira tú, lo que les llevó de tiempo, estudio y esfuerzo a los paleoantropólogos demostrar el carnivorismo y su aporte proteico como el origen de nuestra expansión cerebral), a la agricultura biológica (la otra debe ser nuclear o electromagnética), al tibetanismo (sí, esa religión que prohibía el uso de la rueda por consituir una blasfemia contra el círculo eterno en el que todo fluye y refluye), a la criptozoología (el Yeti, joder, si hasta Buffon y Cuvier se escojonarían de ellos), al nacionalismo (la cosa más sucia del mundo: banderas en las cumbres; sólo me gustan las de las marcas y empresas que pagan; observe quien quiera la aplicación de su modelo político-social en la antigua y nunca bastante llorada Yugoeslavia) y en general, a cualquier superchería vagamente orientalizadora y/o germanizante. Me llama mucho la atención esto: ¿qué cojones será la dianética? ¿como es posible para un ser humano traducir sobre un tema y no desde un idioma concreto? Misterios de la new age.
    Contra esta falsa conciencia ya nos advirtió Marx hace más de un siglo. Todavía me acuerdo de la polémica que suscitaron los hermanos Novás con su intento de escalar una montaña pretendidamente sagrada del Himalaya; nadie defendió a estos prohombres de la razón, el humanismo y el librepensamiento. En vez de aplaudir su intento y observar, neutralmente y en condiciones experimentales, si la maldición de los dioses caía sobre ellos, ¡noooo!: palos por todos los lados, tibetano oprimido por los chinos mediante (¿y por la ignorancia no, me pregunto?). Yo, por mi parte, estoy encantado de que los franceses desasnaran a mis antepasados; más tiempo se tenían que haber quedado, mala suerte; pero bueno, no en vano aquí Fernando VII era El deseado. Vivan las caenas, pues.
    
      Pues hete aquí que Bonhomme (francés tenía que ser, no me canso de decirlo, pueblo afortunado), manda al señor Marqués a perseguir a tiros, con dos cojones -y no a invocar, rezar, pergeñar una alianza de civilizaciones o empatizar cósmicamente con él-, a un monstruo, a la bête que atemoriza las montañas de Saboya. Aquí empieza el SPOILER, avisados quedáis, porque a ver quien es el guapo que comenta algo de una historia sin contar nada de ella; sólo Carlos Boyero en la crítica de cine consuma ese ideal periodístico (las malas lenguas dice que eso es porque ni siquiera las ve). Lo persigue y lo mata a tiros, que es como se mata a los organismos biológicos que tienen el tamaño adecuado; si son muy pequeños, no está de más recordarlo, a antibioticazos (saludos fraternales desde aquí a la  nueva secta de los orates antivacunas, liderados por la monja aventada esa, adalid de la medicina holística, cual nueva Hildegaard Von Bingen en su Liber simplicis medicinae: ¡cojonudo, mientras nos vacunemos los demás!). Volviendo a lo nuestro, cuanto más grande el bicho, más grande la escopeta. Y si sube muy alto, pues detrás de él sin miedo, hasta donde sea; a 4000 metros de altura si hace falta. Ni misterios, ni maldiciones, ni magias, ni mandangas (de hecho, otra obra maravillosa e imprescindible de Bonhomme, sobre la vida de nuestros ancestros homínidos, se denomina La Edad de la Razon). Hala, FIN DEL SPOILER. Digamos que Anaón, en nuestra historia, es Paccard. Y como tal, tiene su Balmat, el montañés cazador de sólido pragmatismo que no se asusta por los cuentos de las viejas y le acompaña en sus aventuras alpinas.

Veamos algunas de sus maravillosas planchas comenzando por su portada:

O el hermoso pueblo de la Alta Saboya donde se 
desencadenan los acontecimientos:
Andanzas por el granito chamoniardo:
Los glaciares y sus peligrosas grietas no arredran a nuestros héroes:
Esta plancha me recuerda a la Aiguille Noire de Peuterey:
Y esta otra, con razón o sin ella, a la Arête Kauffner al Mont Mauduit:
Aseguramiento canónico en una arista; a ver qué pega le 
pone Tino Núñez:
Tremendo vivaque: frío y acojone extremos…
Hermosísima plancha; escaneada del original y no de una ilustración a doble página, sería un hermoso fondo de pantalla:

    Y por último, para que Alejandro Sanz (perdón por la palabrota) se queje por algo, los enlaces para descargarlo (junto con otros tres volúmenes de la serie, muy recomendables igualmente; ahora mismo, en Francia ya están publicados cinco). Yo siempre compro los cómics que son de mi agrado, porque pocas cosas tienen un valor tan superior a su precio; que alguien intente explicarle a la ministra mamporrera de la embajada USA una verdad tan sencilla y evidente, por favor.

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